por: Joe Agront- Maestro de Historia y Escritor

                                                                      20 de marzo de 2020


Allí estaba yo, sentado en aquella cancha bajo techo y sin aire acondicionado. Las gotas de sudor me bajaban por las axilas con más espesor que salsa de tomate Goya saliendo de la lata. Fácil habían 500 personas y yo con pánico de que alguien tosiera o estornudara. El evento era un juego de baloncesto en la categoría juvenil. «¿Qué hacía yo allí?» Lo mismo me preguntaba pero mi compañero de trabajo me invitó a ver a su hijo jugar y me prometió unas cervezas después del juego. Yo no estoy en la edad de rechazar una invitación a beber cervezas, así que lo único que tenía que hacer era chuparme el partido, el calor, el alto riesgo de contagiarme con el famoso virus y ya está, tendría unas cervecitas frías.

El juego estaba bastante entretenido, no lo voy a negar, pero la cosa se comenzó a poner locamente interesante en el tercer cuarto.

“Este cabrón siempre hace lo mismo, empieza a pitar jugadas pendejas y nos daña el juego” seguía diciendo. Yo no soy analista de ESPN ni nada de eso, pero para mí la jugada me pareció perfectamente cantada. Resulta ser que el fulano era un padre de uno de los jóvenes que estaba jugando y yo no sé si era el cabecilla de la liga de los padres y las madres cerveceras, machos y hembras alfa, pero rápidamente todos los que estaban a su alrededor comenzaron a hacerle coro. El ambiente se sentía tenso y los insultos no paraban. Papá estrella no paraba de gritar cada jugada pitada. “¡’TAS A LO LOCO CABRÓN!” le gritó al oficial mientras todos los jóvenes lo vieron y escucharon. Los insultos le comenzaron a llover a aquel pobre hombre que trataba de ignorar toda aquella mierda, y que no eran solo los padres, sino que ahora también los jugadores le hacían gestos. Entonces yo ya estaba nervioso. “¡Ay Cristo!, ¿le irán a dar?” pensaba mientras me sentía atrapado en medio de aquella chusma iracunda que exigían la cabeza de aquel hombre, de peor forma de la que el pueblo de PR pidió la renuncia de Ricardo Roselló. Los jóvenes jugadores desde la banca hacían amaguez y manoteaban. 

Justo cuando pensaba que la cosa no se podía poner más jodida, de repente se mete en medio de la cancha el dirigente de uno de los equipos, que después me enteré que también era uno de los padres, y comenzó a discutir cara a cara con el árbitro. Yo ya sentía el motín aproximarse y estaba “ready” pa’ echar el pique, salir corriendo y dejar todo atrás, incluyendo a mi compañero y su hijo—parecía cómo si ya estaban acostumbrados a esta batalla desigual. Yo no iba a recoger bofetadas, así que cualquier cosa que le pasara a ellos, yo los lloraba después. El juego acabó y el equipo del papá estrella y dirigente brabucón perdió por 7 puntos. El árbitro hizo un acto ninja y desapareció. Yo miraba aquel grupo de padres bestias y en mi interior reía—“JA JA JA ¡PERDIERON CABRONES!”. No había sentido tanta alegría desde la vez que mi exesposa sufrió una caída frente a mis ojos.

Si ustedes me han leído anteriormente saben que mis escritos, además de hablar muchísimas heces fecales, también traigo una crítica o una supuesta lección. Yo soy maestro y a diario tengo que observar como mucho jóvenes le faltan el respeto a nosotros los educadores. Muchos tienen actitudes y comportamiento erráticos y hasta agresivos. Cuando un maestro o maestra observa estas cosas, nosotros sabemos que la mayoría de las veces esto no es culpa del estudiante, sino que son conductas aprendidas. Madre, padre y/o encargado que me lees, tus hijos son muchas veces tu mejor carta de presentación. Usted no puede exigirle a su hijo o hija que se comporte en la escuela, que respete a la autoridad, pero andar por la vida haciendo este tipo de escenas. Le decimos a nuestros niños que respeten, pero cuando andamos en el carro con ellos, insultamos a los demás conductores desde el volante. Le exigimos que se comporten, pero actuamos como salvajes frente a ellos. Queremos acabar con el famoso ‘bullying’, pero somos los primeros que compartimos ese meme burlándose de alguien porque “está chistoso”. Las estadísticas son claras. La educación de valores en el hogar es igual o más importante que la educación académica. Fomentar la falta de respeto a un árbitro, que es dentro de la cancha la autoridad, es fomentar la falta de respeto al maestro, al policía, a las leyes. Recordemos, los criminales no hacen criminales. Todo empieza por faltas menores, una grosería, un empujón, una mala actitud y poco a poco evoluciona, hasta que ya no hay retorno. Seamos concientes, seamos ejemplo.