por: Joe Agront- Maestro de Historia y Escritor

                                                                      1 de febrero de 2020


Después de pelear con una vida de pobreza y de contar los centavos, por fin logré ahorrar para comprar el carro de mis sueños. ¡Qué bien me sentía con el sonido de aquel motor 8 cilindros! Llegué a mi trabajo acelerando el automóvil a las 7 de la mañana para asegurarme que todos mis compañeros escucharan el rugir de aquella «bestia» que por fin logré adquirir. El chiste comenzó cuando tuve que estacionarme. En el trabajo, el estacionamiento es mandatoriamente en reversa. Así que puse el carro en reversa, medí, medí y medí y poco a poco aceleré. El sonido crujiente del aro raspando con el murito que divide los estacionamientos fue lo que me hizo detener la marcha. Luego de maldecir y escupir palabrotas por 5 minutos dentro del carro y de hacer el papelón de ridículo, me bajé solo para mirar aquel raspón de color amarillo pintado en la goma de mi recién adquirida máquina y de observar a mis flamantes compañeros como sin timidez ninguna, me señalaban y se burlaban. 

Mi tragedia y bochorno me hicieron recapacitar y pensar. Entonces me di cuenta que este accidente no había sido uno aislado. Tengo fresco los recuerdos de como he dejado encajados pedazos de carros por todas las esquinas de Puerto Rico. Sí, soy pésimo conductor, pero es mucho más que eso. El problema va más allá. A veces al caminar me tropiezo con objetos, con paredes, con el piso y hasta con mis pies. Aparte de eso, soy extremadamente ineficiente en cualquier deporte. Desorganizado, un fiasco midiendo mi tiempo, espacios y distancias. ¿A qué se debe todo esto? La respuesta no es sencilla y creo que no se puede decir que hay una sola causa, pero definitivamente hay un factor que tiene mucho peso.

Soy producto de la escuela pública de los años 90s. Esa época de pantalones a mitad de nalgas, pelos ondulados y tiesos por el «spray» y pollinas alargadas a fuerza de mousse. Recuerdo casi perfectamente mis primeros años escolares y mis primeras maestras. ¿Pero saben qué no recuerdo en lo absoluto? Mi clase de educación física. Increíblemente, la clase más entretenida está ausente de casi todos mis recuerdos. ¿Saben por qué? Porque yo soy producto de un sistema que siempre le ha dado de codo a la educación física. Claro que esto también pasa con el arte y la música y todas esas clases que estúpidamente han llamado «no medulares.» Porque ya ustedes saben, eso de conocer las capacidades y habilidades de nuestro cuerpo y eso de desarrollar nuestro potencial creativo y cultural son cosas que tienen menos importancia que reconocer a la perfección el plano cartesiano.

Pero bueno, volviendo al tema, nuestros pulcros y omnisapientes líderes en algún momento tomaron la sabia decisión de recortar presupuesto a la educación del país. Entonces, allá reunidos como dioses en el Olimpo discutieron entre ellos y llegaron a la conclusión de que la educación física era una clase de segunda y por lo tanto, por ahí sería que iba a dar el tijerazo. ¡Pero qué grandiosa idea! Todavía, 30 años después, podemos encontrar en casi todas las escuelas, maestros y maestras de educación física que atienden a 300 estudiantes diarios. En casi todas las escuelas del país tienen 2 o 3 maestros o maestras de educación física para atender a toda la población de estudiantes que puede llegar a 600 y 700 estudiantes en el caso de escuelas de múltiples niveles (elemental, intermedia y superior). Entonces, para poder dividir la carga, dividen el calendario escolar, el horario y la clase de «gym» o «PE» de cada grupo a 1 o 2 veces por semana. ¿Qué puede salir mal? ¡No hombre, casi nada! Nada más tenemos niños con problemas de obesidad, diabetes, dificultades motoras y cognitivas entre otras cosas. ¿Pero qué se le puede hacer? Había que recortar presupuesto por el déficit fiscal y ni pensar que era mejor bajarles el sueldo a nuestros políticos, mira que esa gente se faja y trabajan incasablemente por su pueblo. 

La educación física, esa materia que estamos acostumbrados a ver como la clase de jueguitos y deportes, esa clase que por años hemos mirado por encima del hombro, tiene una función fundamental en el desarrollo integral del ser humano. La clase de «gym» como se le conoce en algunas escuelas, fomenta destrezas del área socio emocional como lo son la empatía, lidiar con frustraciones y manejo de emociones, el trabajo en equipo y la colaboración. En el área cognitiva, trabaja con destrezas de toma de decisiones, pensamiento crítico, análisis y concentración. También se desarrollan aspectos como la coordinación, el movimiento, conciencia de espacio y tiempo. Valores como la honestidad, integridad y respeto también forman parte de las lecciones impartidas en esta materia. Cualquiera podría diferir de mi en muchísimas cosas, pero nadie puede negar que esta clase es una de las más completas e importantes y tampoco se puede negar que en nuestro país, nuestro sistema educativo le ha dado de codos a esta materia por décadas. Por esta razón es que nuestra sociedad tiene una visión muy distorsionada de lo que es la inteligencia. Seguramente si te preguntan qué piensas que es la inteligencia, rápidamente te viene a la mente la imagen de un científico con su bata blanca haciendo experimentos. O quizás te llega el pensamiento de alguna persona resolviendo unos complicados ejercicios matemáticos. Pero nunca piensas en el corredor de pista y campo. O en el pianista que llena conciertos. Para nuestra cultura, esas cosas no son inteligencia. Gracias a Dios por el Dr. Gardner y su teoría de las inteligencias múltiples que han cambiado y continúan cambiando esta percepción. 

Mientras todavía me lamento por el raspón en el aro del carro, concluyo con lo siguiente: No es un intento por justificar mi pésima ejecución detrás del volante y en otras áreas de mi vida, pero indudablemente la mediocridad del sistema educativo de este país y la falta de una educación física efectiva han influenciado en mi ser y han moldeado muchos aspectos de mi vida. ¿Quién sabe si a lo mejor yo estaba destinado a ser el próximo Michael Jordan de 5 pies y 8 pulgadas? O a lo mejor un piloto famoso y millonario de Nascar. Ya es tarde para atormentarme con esas ideas. Ahora solo puedo escribir mientras observo como la gente a diario se queja de que nuestros atletas no nos traen medallas de oro, pero nadie se fija que los pobres tienen que entrenar a medias y dejar su entrenamiento para irse cansados a trabajar en algún “fast food” volteando «hamburgers» porque si no, se mueren de hambre ya que el gobierno no le apuesta al deporte como una inversión, como un ente de cambio social. Que conste, escribo esto no solo como una explicación de porqué debe manejar a cuatro ojos si yo estoy cerca de usted en la carretera, sino también como un llamado a la conciencia colectiva para cambiar nuestra forma de pensar acerca de lo que es «una buena educación.»